Seis horas para no pensar.
Miro por la ventanilla, viendo cómo las calles pasan una tras otra, difusas, como si no pertenecieran del todo a la realidad. Santiago sigue igual que siempre, pero yo no. Algo cambió, aunque no se note por fuera.
Me acomodo en el asiento, cruzando los brazos, tratando de parecer tranquila.
—¿Por qué tan callada? —pregunta Mariona desde el asiento delantero.
Levanto la mirada y le sonrío.
Tiene razón. No soy así.
—Estoy pensando… —respondo—. Las voy a extrañar mucho.
—Y nosotras a ti —dice con