Promesas que arden.
Me quedo ahí, estática, viendo cómo Paula se aleja con la dignidad hecha trizas por culpa de Dominic. Sé que en este momento me odia, me culpa por una humillación que no provoqué directamente.
¿Me importa?
No. En absoluto.
Al contrario, una satisfacción casi vergonzosa se instala en mi pecho. Me salí con la mía. Y no puedo evitar pensar que tal vez es hora de volver a ser esa Blanca vengativa, desafiante, la que las monjas francesas no lograron domesticar del todo.
Tati estaría orgullosa.
—¿Qué