Empujas la puerta del consultorio con el corazón ya acelerado. Hace tres meses que no vienes. La sala está exactamente igual: luz blanca fría, olor a alcohol y ese perfume caro que usa el Dr. Rafael, algo amaderado que se te pega a la memoria. La recepcionista de siempre no está en el mostrador. En su lugar, detrás del mostrador, hay una rubia nueva. Placa en el pecho: “Bruna – Secretaria”.
Ella levanta los ojos verdes helados hacia ti y sonríe de una forma que no es profesional. Es lenta, casi