31: La brasa que no se apaga

La respiración de él era pesada, caliente, golpeando contra tu cara con cada movimiento. El pecho ancho subía y bajaba rápido contra tus pechos, y sentías el corazón de él latiendo fuerte, desbocado, igual que el tuyo. Su cuerpo te presionaba contra la madera fría de la puerta, la cadera encajando en la tuya de una forma casi peligrosa, dejando claro lo excitado que estaba.

Tus manos subieron temblorosas hasta su pecho, los dedos agarrando con fuerza la tela de la camisa social, arrugándola com
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