— Córrete, linda. Córrete mirándome a los ojos. Córrete con el coñito y el culito llenos de corriente.Te corres gritando («¡Doctor! ¡Doctor!»), el cuerpo entero convulsionando, lágrimas escapando por las comisuras de los ojos, el coño apretando el vacío, el culito parpadeando alrededor del plug. Él mantiene el botón pulsado hasta la última contracción, hasta que te derrumbas blanda sobre la camilla, el pecho subiendo y bajando rápido, sudada, destruida.Silencio pesado. Solo se oye el ruidito del aparato al apagarse.El Dr. Rafael Miranda se quita los guantes lentamente, dedo por dedo, y los tira a la basura con calma. Tú sigues con las piernas abiertas, el coño rojo, brillante, latiendo vacío.Él abre la cremallera del pantalón social. El sonido del metal resuena en la sala. Ves cómo el bulto enorme del doctor salta hacia afuera: verga gruesa, venosa, cabeza roja ya soltando un hilo cristalino de precum.Abres los ojos como platos, voz temblorosa:— D-doctor… ¿eso… eso también forma
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