— Sí… —susurras—. Esa cosa despertó algo que ni siquiera sabía que existía. Me siento… sucia. Equivocada. Yo siempre fui buena, doctor.
Él saca los dedos despacio, con ese sonido húmedo y obsceno que resuena en la sala silenciosa. El látex se desliza fuera de tu coñito todavía sensible, dejando una sensación de vacío que te hace apretar los muslos sin querer. El Dr. Rafael se quita los guantes uno a uno, tirándolos a la basura con calma calculada. Pero no se aleja. Sigue sentado en el banquito