Francine no tardó en darse cuenta de dónde podía ser útil.
Una modelo se quejaba, a punto de llorar, porque el dobladillo de su vestido se había descosido; Juliette estaba demasiado ocupada con el celular como para notarlo.
Sin dudarlo, Francine tomó una caja de costura olvidada sobre una mesa y se agachó.
— Quédate quieta un segundo, querida —pidió con naturalidad.
Sus dedos ágiles sujetaron el dobladillo, alineando la tela con la precisión de quien ya había hecho eso muchas veces.
Un par de p