El impacto llegó incluso antes de cruzar las puertas de desembarque.
El aire cálido envolvió a Francine y Malu como un abrazo exagerado, casi teatral, de esos que hacen que la piel recuerde de inmediato dónde está.
El contraste con el invierno neoyorquino fue tan brusco que Malu se rió sola, sintiendo el sudor aparecer antes siquiera de dar tres pasos.
—Dios mío… —Francine dejó el abrigo sobre el brazo—. En cuanto lleguemos a casa quiero meterme a la piscina. Para quitarme este frío hasta del