El acceso a la azotea fue más simple de lo que Francine imaginaba.
Nada de alfombras rojas, puertas ocultas ni guardias de traje.
Solo una puerta metálica discreta al final de un pasillo poco iluminado, el leve chirrido de la manija al girar y, enseguida, el viento frío golpeando el rostro como una advertencia clara de que estaban mucho más alto de lo que deberían.
En cuanto salieron, la ciudad se abrió ante ellos.
Nueva York parecía otra desde allí arriba.
Más silenciosa, menos agresiva.
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