Juliette no perdió tiempo; ya la estaba arrastrando hacia el equipo de maquillaje.
— ¡Perfecto! Vamos, rápido, ¡no tenemos ni un segundo que perder!
Mientras la llevaban hasta la silla, Francine sentía que las piernas le temblaban por la adrenalina.
No por miedo, sino por pura excitación.
Eso era todo lo que quería: volver, demostrar que aún podía, que el brillo no se había apagado.
Las manos de tres personas trabajaban sobre ella al mismo tiempo: una maquilladora aplicaba pinceladas rápidas para resaltar sus rasgos, otra acomodaba su cabello con sprays que perfumaban el aire, y una asistente ajustaba el vestido por detrás con una destreza nerviosa.
— Quédate quieta, respira profundo —decía la maquilladora sin levantar la vista.
Francine intentaba obedecer, pero sentía el corazón martillando como un tambor de guerra.
Con cada segundo, la cuenta regresiva para su salida se acercaba a cero.
El vestido caía sobre su cuerpo como si hubiera sido hecho a medida. Las manos sudaban y la mente