Juliette no perdió tiempo; ya la estaba arrastrando hacia el equipo de maquillaje.
— ¡Perfecto! Vamos, rápido, ¡no tenemos ni un segundo que perder!
Mientras la llevaban hasta la silla, Francine sentía que las piernas le temblaban por la adrenalina.
No por miedo, sino por pura excitación.
Eso era todo lo que quería: volver, demostrar que aún podía, que el brillo no se había apagado.
Las manos de tres personas trabajaban sobre ella al mismo tiempo: una maquilladora aplicaba pinceladas rápidas pa