En la penitenciaría, el curso de emprendimiento se realizaba dos veces por semana, siempre a la misma hora, siempre en la misma sala sin ventanas, con paredes beige sucias y sillas de plástico alineadas en filas casi militares.
Gaspar se sentaba siempre al fondo, más por hábito que por elección. No le gustaba llamar la atención. No le gustaba hablar. Y le gustaba aún menos escuchar discursos sobre el futuro.
Ese día no parecía diferente.
El educador, un hombre demasiado joven para estar allí,