Dorian se despertó temprano esa mañana. Más temprano de lo habitual.
Se duchó, se puso una camisa blanca impecable con las mangas dobladas hasta los antebrazos, como si lo casual estuviera milimétricamente calculado, y bajó para el desayuno.
La mesa estaba servida con la exactitud que él exigía.
Frutas cortadas simétricamente, café a la temperatura justa, panes recién salidos del horno… y empleados atentos.
Tres mujeres circulaban discretamente por la sala, cuidando las bandejas de jugos, repon