El auto avanzaba lentamente por el camino de tierra que conducía al viñedo, dejando atrás el murmullo de la ciudad. Desde la ventana, el paisaje se extendía tranquilo, pero dentro de mí todo era un torbellino. Mis pensamientos iban tan rápido como el movimiento de las ruedas, chocando una y otra vez contra el mismo punto: Samuel.
Yo iba en el asiento trasero, con las manos apoyadas sobre el vientre, sintiendo los pequeños movimientos de mi hija, recordándome que no estaba sola. No podía dejar