La mañana era tibia, cargada de una humedad serena que olía a tierra mojada y pan recién horneado. En la plaza del barrio, donde los árboles aún susurraban historias antiguas con sus ramas al viento, Doña Ana organizaba una jornada comunitaria para los niños más vulnerables del vecindario. No era nada ostentoso: mantas extendidas sobre el césped, pinturas, cuentos y una caja de juguetes reciclados con historias más largas que sus años de uso.
Julia llegó sin avisar, con el alma hecha trizas per