La luz del amanecer apenas rozaba los techos corroídos del barrio cuando los gritos rompieron la quietud.
Una vecina fue la primera en llegar. Se llevó las manos a la boca.
Los ojos, dos platos congelados.
Los pies, paralizados por el horror.
Camila estaba colgada de los brazos, atada como un animal de carnicería.
El pequeño patio trasero de su casa era ahora una escena sacada de una pesadilla.
El cuerpo de la muchacha, abierto como si lo hubiesen diseccionado en venganza, no en autopsia.
La pi