La ciudad de Miami hervía en humedad, pero Lorena no sudaba. Ni una gota. Como si su cuerpo estuviera entrenado para soportar el calor igual que las mentiras: sin delatarse.
Entró al lobby del hotel con paso firme. Llevaba un vestido blanco, limpio, ceñido, con un bolso que parecía más liviano de lo que realmente era. Subió al ascensor sin mirar a nadie. Piso 11. Habitación 1108.
Antes de tocar la puerta, miró a ambos lados del pasillo. No por miedo. Por costumbre. Esa costumbre que no se apren