Julia llegó a la oficina esa mañana con un leve temblor en los dedos. Había pasado la noche en vela, sintiendo el vacío que le había dejado el último mensaje de Pablo, como si le hubieran arrancado un pedazo del alma sin anestesia.
Pero nada la preparó para lo que encontró sobre su escritorio.
Una carta.
Manuscrita. En una hoja doblada en tres, sin firma. Reconoció la letra.
La misma que había leído entre caricias sobre su espalda.
La misma que le escribía notas cuando compartían cafés de madru