La lluvia caía como cuchillas sobre el techo de zinc del viejo taller donde Pablo se escondía. Joaquín lo había llevado allí, no por seguridad, sino por estrategia. «Los lugares más obvios son los que nadie busca», le había dicho. Y esa frase se le repetía a Pablo como un eco entre pesadillas.
Esa madrugada no dormía. No porque no quisiera. Porque no podía.
Tenía abiertos sobre la mesa una docena de archivos impresos, papeles con nombres tachados, fechas cruzadas en rojo, movimientos bancarios