—¡Ya basta, no presumas tu “gran inteligencia”! —gritó Marina.
— ¿Entonces eso significa que aceptas? —preguntó Ricardo, con esperanza.
Ella miró por la ventana, dudando.
— No soy yo la que puede decidir...
Ricardo no insistió más. Le dio espacio para que ella tomara su decisión.
Marina no paraba de golpear su muslo con los dedos.
— ¿Estás seguro de que César no va a enterar?
— Seguro —asintió él.
— Llámame mañana, entonces.
— Bueno, como digas.
Dicho esto, Marina se bajó del auto.
Con la cara s