Emma se quedó mirando el papel oficial que el policía le había entregado. Las letras parecían bailar frente a sus ojos. "Propiedad Intelectual". "Uso no autorizado de fórmulas gastronómicas". Era ridículo. ¿Cómo podía alguien ser dueño de la forma en que ella mezclaba las especias o del punto exacto de cocción de su carne?
—Esto es una broma, ¿verdad? —dijo Emma, con la voz temblorosa—. Esas recetas son mías. Algunas me las enseñó mi abuela, otras las inventé yo trabajando doble turno en cafete