Si el apartamento de Emma ya se sentía pequeño con Azkarion, con la llegada de Sophia se volvió una lata de sardinas. Sophia no paraba de llorar en el sofá, envuelta en una manta que olía a humedad, mientras Azkarion intentaba descifrar cómo funcionaba la cafetera barata de Emma sin romperla.
—Lo siento tanto, Emma... de verdad —sollozaba Sophia por décima vez—. No sabía que Dante era tan peligroso. Solo quería pagar lo que debía para que mamá no se enterara.
Emma suspiró, dejando dos tazas de