Mientras Emma encendía los fuegos en el muelle, Azkarion se encontraba en un escenario que conocía demasiado bien, pero que ahora se sentía como una celda de lujo: el despacho principal de la mansión DArgent. El olor a cuero caro y tabaco que antes le resultaba familiar, ahora le provocaba náuseas.
Silas estaba sentado tras su escritorio de caoba, observando a su nieto con una decepción gélida. Azkarion tenía el labio partido y la camisa destrozada, pero se mantenía de pie, negándose a usar las