El torneo continuó en un trance surrealista. Los jueces comían en silencio, los periodistas escribían crónicas sobre la caída de los DArgent y los pescadores montaban guardia en la entrada como una guardia pretoriana de cuero y salitre.
Emma estaba frente a la plancha, sellando unos medallones de rape, cuando sintió que alguien la observaba no con odio, sino con una curiosidad clínica. En la barra, sentado en el taburete que solía ocupar Mateo, estaba el hombre del maletín metálico. No era un c