La noche se había instalado como un manto espeso sobre los campos. No había luna, solo un cielo profundo tachonado de estrellas que parecían respirar al ritmo pausado del monte. El viento arrastraba el olor a tierra húmeda y a leña recién apagada, mezclándose con el crujir de los insectos nocturnos.
En el lindero del rancho, junto a la cerca de madera que separaba las tierras de Selene del maizal de los Ortega, Simón estaba sentado sobre una manta vieja, con el sombrero echado hacia atrás, mira