La cooperativa textil estaba iluminada por los focos amarillentos que colgaban del techo de lámina, y adentro, un puñado de mujeres hilaban, cosían y tejían como lo hacían cada semana. El sonido constante de las agujas y las tijeras era casi hipnótico, un murmullo de trabajo y resistencia. Aunque afuera el aire de la tarde estaba espeso, con esa humedad que presagia tormenta, aunque en el horizonte no se veía una sola nube.
Selene había pasado a dejar unos retazos que las mujeres usarían para c