Esa mañana el gallo no cantó esa mañana. No porque no estuviera vivo, sino porque algo en el aire lo había enmudecido. El cielo, de un gris denso como masa de tortillas cruda, parecía presagiar algo más que lluvia. En el rancho de Selene, el silencio era un manto húmedo que se pegaba a la piel, que calaba hasta los huesos. Y Simón despertó con un nudo en el pecho que no tenía explicación, al menos no al principio.
El olor a café recién colado y tortillas en el comal no lograron espantarle la pe