El olor a humo todavía se filtraba por las rendijas de las ventanas del taller, como si la noche anterior no hubiera terminado. Las llamas no alcanzaron a devorar ni un muro, pero el fuego había prendido en un lugar más peligroso: en el alma de todos. Y las últimas palabras del dron eran aun peor. Nadie quería que sus secretos se supieran, bajo ninguna razón.
Selene sostenía una taza de café sin probar, los ojos fijos en las brasas humeantes que alguna vez fueron parte del granero de doña Lupit