Alba
La velada se alarga, pero ya no tiene la misma textura. Las risas me parecen forzadas, las copas de champán se vacían más rápido de lo habitual, y las miradas que los invitados se lanzan a través de la sala aún llevan las marcas de ese duelo silencioso al que han asistido.
Sonrío, asiento con la cabeza, juego mi papel de anfitriona. Pero en el fondo, solo pienso en una cosa: alejarme de esta escena, recuperar el aire, huir de las miradas ávidas que intentan adivinar las grietas detrás de n