Los días posteriores al cumpleaños de Marco se deslizaron como un vino dulce sobre el alma: paseos por los olivares dorados, largas sobremesas entre risas y secretos al oído, caminatas junto al mar donde los atardeceres parecían promesas escritas en el cielo.
Cada comida familiar era una celebración, una ceremonia de pequeños gestos: una copa levantada, una mirada cómplice, el sonido del pan rompiéndose en las manos y las carcajadas del niño que ya daba pasos por la mansión.
Nicolás y Madison,