El silencio tras la decisión fue más estruendoso que los aplausos que aún resonaban a lo lejos en el resort. El grupo se desplazó a una de las habitaciones privadas, convertida en cuartel improvisado.
Francesco fue el primero en romper el silencio.
—Tenemos que cambiarnos y estar listos en veinte minutos. Esto no será una charla.
El tono de su voz tenía esa gravedad que presagiaba fuego.
Cada uno se retiró a su respectiva habitación. Alessa caminó en automático, pero al cerrar la puerta tras el