El amanecer no llegó de golpe; fue más bien un susurro tímido, un respiro tibio que se fue filtrando entre los postigos cerrados. La ciudad, aún somnolienta, parecía sostenerse sobre un hilo invisible de silencio, como si el mundo entero contuviera el aliento antes de despertar.
A esa misma hora, a muchos kilómetros de allí, en el aeropuerto, Charly, Alessa, Leonardo y el resto del equipo abordaban el jet. El cansancio pesaba en sus cuerpos, marcando cada paso con una lentitud serena, pero la e