El aire frío del pasillo golpeó mi rostro mientras salía tambaleándome del salón privado. Mi corazón aún latía con fuerza, pero el shock inicial comenzaba a ceder paso a una confusión punzante. Respiré hondo varias veces, intentando recuperar la compostura antes de regresar al salón.
Al entrar, vi a Andrés y Elena esperándome con miradas preocupadas. Me acerqué a ellos, intentando esbozar una sonrisa tranquilizadora.
—Estoy bien —dije, aunque mi voz aún sonaba un poco agitada—. Solo necesito un