El silencio que siguió a mi explicación era pesado, cargado de las emociones que no se habían expresado y que flotaban en el aire del pequeño salón privado. La mirada de Maximiliano seguía fija en mí, intensa y escrutadora.
Elena observaba a sus dos hijos con una expresión que denotaba preocupación y una creciente comprensión de la complejidad de la situación. Andrés, a mi lado, parecía tenso, como anticipando lo que vendría.
Finalmente, Maximiliano rompió el silencio, su voz ahora más suave p