Hugo estaba sentado a un costado de la cama, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada fija en el suelo. Tenía la chaqueta arrugada y el cabello despeinado, como si hubiera pasado horas allí, sin moverse.
El leve gemido de Isabel lo sacó de sus pensamientos. Sus ojos se abrieron lentamente, un poco nublados, hasta que lo encontraron a él.
—¿Qué… qué pasó? —preguntó con la voz débil, llevándose una mano temblorosa a la frente.
Hugo se enderezó de inmediato y se inclinó hacia ella.
—Te d