El motor del todoterreno de Joe cortó el silencio matutino de Iron River. El aire, fresco y recién lavado por la escarcha, olía a pino, tierra mojada y la promesa de un día tranquilo. Joe salió del vehículo y el crujido de la grava bajo sus botas fue el único sonido que rompió la quietud. No se había sentido así en años: ligero, sin el peso frío del resentimiento clavado en el pecho. Llevaba el recuerdo táctil de Abigaíl, la presión de su cuerpo, la certeza de su aliento.
Caminó hacia la casa principal, un castillo de madera y piedra que siempre había sido su refugio y su jaula. Al cruzar el umbral, la calidez del hogar lo envolvió. No había dado más de dos pasos cuando apareció Nana Roberta. Llevaba un delantal a cuadros y sus ojos, eternamente inquisitivos y llenos de amor, se posaron en él.
Roberta no necesitó que Joe dijera nada. El hombre que se había ido la noche anterior era un espectro tenso y arisco; el hombre que regresaba tenía una luz en los ojos, una curva suave en la boc