La mañana no llegó con prisas ni alarmas, sino con la luz suave que se filtraba por las cortinas de la cabaña, pintando la habitación de un dorado cálido y acogedor. Joe despertó primero, pero no abrió los ojos de inmediato. Quería saborear la verdad innegable que lo envolvía.
Su cuerpo era el ancla que necesitaba en medio de la tormenta. Sentía el peso familiar de su brazo bajo la cabeza de ella, la caricia suave de su cabello en la barbilla y la curva perfecta de su espalda presionada contra