La mañana no llegó con prisas ni alarmas, sino con la luz suave que se filtraba por las cortinas de la cabaña, pintando la habitación de un dorado cálido y acogedor. Joe despertó primero, pero no abrió los ojos de inmediato. Quería saborear la verdad innegable que lo envolvía.
Su cuerpo era el ancla que necesitaba en medio de la tormenta. Sentía el peso familiar de su brazo bajo la cabeza de ella, la caricia suave de su cabello en la barbilla y la curva perfecta de su espalda presionada contra su pecho. La noche había borrado la tensión de la espera y la ansiedad de la verdad pendiente. Solo quedaba el aroma a limpio de su piel y la certidumbre de que, pasara lo que pasara, ella era su único refugio, su única elección.
El gesto de Joe de buscarla en la oscuridad, de meterse en la cama sin pronunciar una palabra, había sido un acto de lealtad más elocuente que mil promesas. Había acudido a la única persona a la que le debía la verdad y el respeto, justo como Don Lorenzo le había record