La mañana en Briston Group comenzó con un clima gélido, no por el invierno neoyorquino, sino por la actividad frenética que se desarrollaba en el despacho principal. Joe no había dormido. Sobre su escritorio, decenas de carpetas rojas marcaban las "Irregularidades del Periodo de Interinato". Lo que comenzó como una sospecha se había convertido en una evidencia criminal: Arthur no solo había sido un administrador mediocre, había sido un ladrón sistemático.
Joe llamó a Abigail a primera hora. Sus dedos tamborileaban sobre un informe que detallaba transferencias a cuentas en paraísos fiscales y facturas infladas.
—Abi, es peor de lo que pensábamos —dijo Joe por el manos libres—. Arthur desvió fondos de la constructora para cubrir deudas de juego y lujos personales. Estamos hablando de cifras que podrían enviarlo a una prisión federal por una década.
Al otro lado de la línea, hubo un silencio sepulcral. Luego, la voz de Abigail sonó con una claridad que helaba la sangre.
—No lo dejes pasa