La habitación del hospital olía a una mezcla aséptica de desinfectante y desesperación. Joe y Abigail permanecían de pie a ambos lados de la cama, flanqueando al hombre que, durante décadas, había sido la columna vertebral de un imperio. Roberto abrió los ojos lentamente; sus pupilas, nubladas por la fatiga y el trauma, tardaron un momento en enfocar. Cuando finalmente reconoció a Joe y Abigail, un leve espasmo cruzó su rostro, un intento valiente de sonrisa que se quedó a medio camino entre la gratitud y el dolor.
Sus dedos, arrugados y fríos, apretaron la mano de Abigail con una fuerza sorprendente para su estado. No podía articular palabras completas, pero sus labios se movieron en un susurro inaudible que parecía decir "Gracias". Joe, con el corazón apretado por una mezcla de culpa y amor, se inclinó hacia él.
—Abuelo, estamos aquí. No te vamos a dejar solo —dijo Joe, con la voz quebrada.
En un momento de duda, Joe miró hacia la puerta de cristal donde Arthur observaba con una exp