La habitación del hospital olía a una mezcla aséptica de desinfectante y desesperación. Joe y Abigail permanecían de pie a ambos lados de la cama, flanqueando al hombre que, durante décadas, había sido la columna vertebral de un imperio. Roberto abrió los ojos lentamente; sus pupilas, nubladas por la fatiga y el trauma, tardaron un momento en enfocar. Cuando finalmente reconoció a Joe y Abigail, un leve espasmo cruzó su rostro, un intento valiente de sonrisa que se quedó a medio camino entre la