El trayecto hacia La Salle se sintió más largo de lo habitual. El viejo todoterreno de Joe devoraba los kilómetros de carretera secundaria, levantando una estela de polvo que parecía querer ocultar su rastro del resto del mundo. En el interior, el silencio era casi sagrado. Clara miraba por la ventana, observando cómo los campos verdes se transformaban en las estructuras ordenadas y discretas de una de las zonas más exclusivas de la región. La Salle no era un lugar para cualquiera; era un refugio de clínicas privadas donde la discreción se pagaba tan cara como la medicina de vanguardia.
Joe conducía con las manos apretadas al volante, sus ojos escaneando constantemente los espejos retrovisores. No era paranoia, era el instinto de un hombre que sabía que estaban transportando el tesoro más valioso y frágil de su existencia. A su lado, Abigail mantenía una mano sobre la rodilla de Clara, transmitiéndole un calor constante, una promesa silenciosa de que, pasara lo que pasara, no estaría s