Alessandro tomó el resto de su copa de vino, sintiendo cómo el líquido recorría su garganta. Cerró los ojos para saborearlo. Al abrirlos, vio a Stefan sentándose en la silla vacía frente a él, al otro lado de la mesa del jardín. Ya era de noche, y el clima era excepcional.
―¿Estás bien? ―preguntó su hijo. Alessandro asintió.
―¿Debería no estarlo? ―respondió, mirándolo a los ojos.
―Madre ha estado inquieta, y debo confesar que nunca la había visto así con ninguna de nuestras bodas. ¿No debería a