Edward cerró los ojos y, sin darse cuenta, acarició su labio inferior con el pulgar. Los recuerdos de las horas anteriores lo envolvían en una niebla que le resultaba inusual. Nunca antes se había sentido tan distraído. La imagen de la piel de Grace, sus labios rojos, hinchados y entreabiertos, sus pestañas temblorosas y sus ojos grises, con el iris dilatado por el deseo, lo transformaron en un cavernícola. La comparó con una linterna, y él, como un insecto, se sentía hipnotizado por su luz. Po