La noche era tan silenciosa que Isabel podía oír el roce de las hojas cuando las pasaba.
Tenía el diario abierto sobre la cama, rodeado de papeles, fotografías, y su propio cuaderno de apuntes. La luz de la lámpara de lectura bañaba la escena en un tono dorado, cálido, como si el tiempo se hubiera detenido para observarla.
Con cada página que releía, Isabel iba marcando una línea, una palabra, un nombre. Algunas veces subrayaba con lápiz frases que se repetían con pequeñas variaciones: “la danz