5:14 a.m.
Veinte días después de su llegada a la isla.
Afuera, el cielo era una promesa enrojecida.
Dentro, el silencio tenía forma de aliento contenido.
Isabel encendió la lámpara pequeña del escritorio, no por necesidad, sino por ternura.
Quería que la luz viniera de cerca. Que no la deslumbrara, sino que la acompañara.
El papel en blanco la esperaba con una paciencia antigua.
La pluma, temblorosa en sus dedos, tardó en soltar la tinta, como si ella misma necesitara que Isabel estuviera segur