El cielo tenía ese color imposible entre la noche y el fuego.
Isabel cruzó el vestíbulo del hotel con pasos lentos, pero seguros.
En su bolso, la cinta pesaba más de lo que debería, como si su contenido tuviera densidad propia.
El plástico templado estaba tibio por el contacto con su cuerpo, y cada vez que su mano rozaba el borde metálico de la carcasa, sentía un leve cosquilleo.
No era solo un objeto. Era una frontera.
Entre la ignorancia y la decisión.
El salón principal estaba casi vacío, la