El tren avanzaba entre campos silenciosos.
Isabel iba sentada junto a la ventana, el cuaderno abierto en su regazo y los dedos envueltos en el lazo del pañuelo azul. El movimiento suave del vagón, el sonido rítmico de los rieles, y la luz gris del amanecer componían una calma que no era paz, sino claridad.
No necesitaba mapas. Solo seguir las imágenes que se habían grabado en ella la noche anterior: el portón, la maleza, los ladrillos desgastados. El lugar no tenía nombre en su memoria, pero lo