El silencio en el comedor era tan denso que podía cortarse con el cuchillo que sostenía entre mis dedos temblorosos. La vajilla de porcelana francesa resplandecía bajo la luz tenue de la araña de cristal, creando pequeños destellos que bailaban sobre el mantel de lino blanco. Adrián había insistido en esta cena. "En casa, esta noche. Solo nosotros dos", había dicho con ese tono que no admitía réplica.
Llevaba tres días evitándolo desde que descubrí aquellos documentos en su despacho. Tres días