El silencio que reinaba en la habitación era tan denso que Elena podía escuchar el latido de su propio corazón. Frente a ella, Adrián permanecía inmóvil, con la mirada fija en algún punto indefinido más allá de la ventana. La luz del atardecer dibujaba sombras alargadas sobre su rostro, acentuando los ángulos afilados de sus pómulos y la tensión en su mandíbula.
—¿Cuánto tiempo más vamos a seguir así? —preguntó Elena finalmente, su voz apenas un susurro que cortó el aire como una navaja.
Adrián