Llegué al café quince minutos antes de las ocho. Era un hábito que no podía romper: llegar temprano, prepararme demasiado, nunca darle a nadie la oportunidad de decir que no estaba lista.
El café se llamaba “Migas”, un nombre simple que prometía exactamente lo que ofrecía. Estaba en una esquina tranquila, con ventanas grandes que dejaban entrar la luz de la mañana y mesas de madera que habían visto mejores días pero que tenían el tipo de desgaste que viene del uso constante, no del abandono.