El silencio de la habitación fue roto por el choque de sus labios, un beso cargado de hambre que no dejaba espacio para dudas ni para palabras.
Darian no esperó a que Elena reaccionara; en un arrebato, la alzó en brazos sin romper el contacto, abriendo la puerta con un empujón que resonó en las paredes y llevándola directo hacia la cama.
Sus cuerpos chocaron contra las sábanas y, en ese instante, la voz gutural de él escapó en un susurro grave y posesivo que vibró en el aire.
—Mía…
El murmullo,