La mañana siguiente al amanecer, el valle del Sur aún dormía bajo una bruma ligera que se aferraba a los árboles como un velo de plata. Elena se despertó con el canto de un pájaro lejano y el aroma a café que se filtraba desde la cocina. Darian ya estaba de pie junto a la ventana, observando el horizonte con esa expresión tensa que solo ella sabía leer: estaba listo para partir, pero el peso de la noche anterior aún le oprimía el pecho.
—Buenos días —murmuró ella, incorporándose en la cama. Su